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            SUSANA HERNÁNDEZ

 

       

 

 

mailto:sh69es@yahoo.es

 

 

 
 

 

Susana Hernández (Barcelona), pasó fugazmente por la facultad de filosofía. Posteriormente, estudió Imagen y Sonido e Integración Social. Actualmente cursa estudios de investigación Privada en la Universidad de Barcelona. Ha colaborado en varios medios de comunicación escritos, ejerciendo como crítico musical y redactora de deportes, así como en medios radiofónicos. Entre 1995  y 2007 ha trabajado como locutora en Radio Canet.

  

En 2006 fue seleccionada por la Universidad de Alicante para participar en el VI Encuentro Nacional de Escritores y contribuyó  a la antología poética que se editó posteriormente en favor de Médicos sin Fronteras.

 

 

 

LIBROS

 

 

 

En la primavera de 2007 la editorial Lesrain ha publicado su primera novela, “La puta que leía a Jack Kerouac”. Este mismo año, junto a otras autoras de dicha editorial ha participado en el libro de relatos “El espejo de los deseos”.

Asimismo, sus relatos y poemas han sido incluidos en diferentes antologías y publicaciones literarias.

 

 

 

PREMIOS

 

En su haber se cuentan diversos premios literarios de novela, relato y poesía:

I Premio Ciutat de Sant Addrià de Besós de Novela 2005, Premio de Novela Corta Valdemembra 2005,  Premio Contradiction 2003, Emilio Murcia de relato 2003, Premio Mizares de poesía 2003, Villa de San Esteban de Gormaz 2002,  y Premio de relato “Mujeres” de Santa Cruz de Tenerife 2001, entre otros.

 

 

 

RELATOS

 

 

 

FRAGMENTO de mi NOVELA

Susana Hernández

 

Distinguí el reflejo de la hoguera desde el paso subterráneo.

Avancé por el embarcadero con los zapatos en la mano. La arena de la cala conservaba parte del calor del día.

El aroma del ron quemado abrasaba el aire, embadurnaba la sal, mi perfume nuevo, el olor del verano que se agota. Conforme me acercaba, el tufo a ron pegaba más fuerte, y se acentuaba la sensación inconcreta de estar cometiendo un grave error. No debería haber aceptado la petición de Roxy. Lo entendí demasiado tarde. Para entonces sus ojos felinos estaban clavados en mí como alfileres en una muñeca budú.

Olvidé que ceder a una súplica siempre entraña una trampa.

Caravaggio la habría pintado como la encontré aquella noche, oscura y bella como una bruja de la edad media; desmelenada, los hombros descubiertos, los pechos apenas tapados por la parte de superior de un bikini diminuto, y una falda de vuelo blanca que me recordó al uniforme de las tenistas antiguas. Para rematar la estampa, removía el barreño ceremoniosamente.

- Has venido así por la calle?

Meneó la cabeza y señaló una cazadora.

- ¿Quieres?

Llenó un vaso de papel, sirviéndose de un cucharón de madera.

- No soy muy amante del ron.

- Bebe un poco. Está muy bueno.

El vaso quemaba. Todo aquella noche parecía hecho de material inflamable.

Sobre todo Roxy.

Agarré el vaso por el borde y fui a sentarme lejos del fuego, donde el aire era más o menos respirable. Roxy se sirvió un vaso de ron, que sospecho no sería el primero.

Rodeó el barreño y se sentó frente a mí. Tenía un brillo extraño en la mirada. Por más que lo intenté, no pude determinar si era dolor, deseo, o ira. Quizás todo a la vez. De una cosa estoy segura; era el brillo de los pumas segundos antes de destrozar a su presa.

Al principio no comprendí de qué se trataba. La mancha oscura en su antebrazo se parecía bastante a un morado, aunque era demasiado largo y uniforme. Se me ocurrió que tal vez fuese una quemadura.

- ¿Que te ha pasado en el brazo?

Roxy extendió el brazo sonriendo y a la luz insegura del fuego leí las seis letras que forman mi nombre.

- Dime que es de esos que duran unas semanas.

- Qué dices, tía. Eso es para los críos. Es un tatuaje, y de los buenos.

Me ha costado una pasta gansa, trece talegos y pico. ¿A que mola?

- Tienes que prometerme que te lo quitarás. Ahora puede hacerse. No duele nada.

- Ni de coña. Es mi brazo y me tatúo lo que me sale.

- Será tu brazo, pero es mi nombre y no quiero que lo lleves.

- Me da igual lo que tú quieras, ¿sabes?. Seguro que el capullo de tu marido nunca se ha tatuado tu nombre. Eso significa que yo te quiero más que él.

- Tú no sabes nada, niña -suspiré- la verdad, Roxy, deberíamos dejar de vernos.

Se levantó y repostó unos cuantos dedos más de ron. El calor doblegó el plástico. Roxy soltó un gemido y un taco, bebió deprisa y tiró el vaso. Miró al cielo, huérfano de estrellas y se sentó a cuatro palmos de mí.

Las llamas azules del barreño bailaban al ritmo que marcaba la brisa, a ratos azuzaba la hoguera arrancando chispazos y nubes de humo, y a ratos pasaba de largo y se entretenía con la falda de Roxy.

                - Repite eso.

- Me has oído perfectamente.

- ¿Por qué?

- Porque es lo mejor.

- ¿Lo mejor para quién?. Mírame. No puedes decir que no te veré más, así, mirando la luna.

La furia había desembocado en una rabia caliente y roja. Podía sentirla. Quemaba como lava de volcán.

- ¿Lo mejor para quién, si puede saberse? Será lo mejor para ti-le temblaban los labios y la barbilla.

- Lo mejor para todo el mundo, Roxy, especialmente para ti.

- Y un cuerno.

Se volvió para ocultar las lágrimas

- Y un cuerno -repitió casi en un murmullo.

Pensé en tocarla, para proporcionarle algún consuelo, pero probablemente el remedio habría sido peor que la enfermedad

- ¿Cuando vuelve tu príncipe azul?

- Dentro de dos semanas.

- Y para entonces quieres haberte librado de mí, ¿ a qué sí?

- No es eso.

- Claro que sí.

Me daba la cara de nuevo, parecía parcialmente recuperada.

- Estoy segura de que vas a encontrar a alguien que te quiera, que pueda darte lo que necesitas. No soy yo, no puedo serlo, Roxy. Sencillamente es imposible. Sé que crees que me quieres...

- No lo creo, cariño, lo sé. Y nada de lo que tú puedas hacer o decir va a cambiar eso, ¿ te enteras?. No me digas lo que siento o lo que tengo que sentir. Te quiero, y si te fastidia, jódete.

- Lo último que quiero es hacerte daño.

- Puedo soportarlo, ¿sabes?

Hacía conmovedores esfuerzos por mantener la compostura. Paradójicamente, cuanto más se empeñaba en adoptar una actitud de mujer hecha a los golpes, más infantil y desprotegida parecía.

- No me hagas esto, por favor, por favor, por favor ....

Antes de que pudiera intuir su próximo movimiento, sentí sus labios encima de los míos, su lengua ardiendo. Fue un beso largo, agradable, inofensivo. Como disparar con una pistola de agua, tan erótico como sentarse en las rodillas del Rey Melchor. Mi indiferencia la puso fuera de sí, ahogó el llanto y me mordió la boca, salvaje, ferozmente.

El dolor lacerante, el labio en carne viva y el sabor metálico de la sangre se mezclaron diabólicamente. Perdí el equilibrio. Las gotas de sangre tiñeron de rojo odio la arena de la cala. Conseguí agarrarme al borde de una barca, y busqué a Roxy ansiosa de devolverle el dolor, preparando palabras que la hiriesen, con sumo cuidado, como el alquimista que ensaya una pócima mortal. Pero ya no estaba a mi alcance lastimarla. Se alejaba corriendo por el embarcadero, sin volverse ni una sola vez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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